Terapia familiar | La sobreprotección paterna: no siempre las buenas intenciones tienen buenos resultados
Soy terapeuta colegiada, especializada en Terapia individual, familiar y de pareja. Utilizo técnicas y conocimientos de diversas perspectivas psicológicas.
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La sobreprotección paterna: no siempre las buenas intenciones tienen buenos resultados

La sobreprotección paterna: no siempre las buenas intenciones tienen buenos resultados

Los padres de hoy en día, y los padres de todas las generaciones, saben que desde el momento que un niño nace viene al mundo con el requisito de que ciertas necesidades le sean cubiertas. Necesidades fisiológicas, como la alimentación, el sueño, la higiene, etc.; la necesidad de establecer vínculos afectivos, siendo los padres y familiares más cercanos los primeros en aparecer en escena y los que le proporcionarán ese entorno de afecto que necesita; la necesidad de interrelacionarse con el mundo, de experimentarlo, de vivir por sí mismo las experiencias que se le van presentando; pero, también la necesidad de protección ante posibles peligros.

 

El nacimiento de un hijo suele implicar ciertas conductas protectoras y de socoro por parte de los padres para impedirle el sufrimiento y la sensación de desamparo. Y, es que cuando son bebés se ven tan pequeños e indefensos! Necesitan que se les de el alimento, que se les limpie, que se les proporcione el ambiente idóneo para tener un buen sueño, que se les aleje de los peligros, que se les evite el dolor, etc. Pero, ¿necesitan siempre de esta protección?

 

Como se ha dicho antes, la necesidad de relacionarse con el entorno es básica para conocer el mundo que les rodea y aprender a hacerle frente. Este aprendizaje se inicia con el proceso de socialización, en el que los padres introducen sus pautas de crianza; es decir, realizan las acciones que consideran más beneficiosas para cubrir las necesidades, para orientar el desarrollo del hijo y, también, se convierten modelos de conductas a imitar. A través de este proceso, el niño empieza verse a sí mismo como un reflejo de como lo ven sus propios padres y empieza a hacerse una idea de cómo es él y a crear su autoconcepto.

 

Existen tantas pautas de crianza, tantas formas de educar, como padres e hijos hay en el mundo. Y en este rol que desempeñan tratan de actuar de la forma que consideran más adecuada, buscando siempre beneficiar a sus hijos. Pero, no siempre más es mejor. Ni las mejores intenciones tienen los efectos esperados.

 

Proteger a un hijo es una conducta instintiva, natural, incluso deseable. Protegerlo de peligros, como verlo querer cruzar la calle cuando pasan coches o avisarle de que no meta los dedos en el tentador enchufe es beneficioso para el niño. Sin embargo un exceso de protección podría no serlo tanto. A nosotros, los padres, puede dolernos ver como nuestros hijos tienen dificultades en la escuela o, como en el caso de los niños tímidos y vergonzosos, les cuesta relacionarse con los demás; también ocurre lo mismo con los adolescentes, los hijos ya crecidos, a los que seguimos queriendo salvaguardar de sufrimiento. De forma instintiva intentaremos protegerlos contra el dolor o frustración que puedan provocarles estas situaciones. Quizá pensemos en repasar sus deberes escolares y señalarles los errores para que cuando la profesora corrija no se frustren ante los fallos cometidos; o en evitar las fiestas de cumpleaños o los parques donde otros niños juegan pero el nuestro se esconde detrás de nosotros y lo pasa mal; o, en dejar salir al adolescente con sus amigos a pesar de no cumplir con sus obligaciones, no vaya a ser que se deprima. Sin embargo, estos actos, actos en definitiva de amor, pueden ser de sobreprotección, incluso de hiperprotección y pueden llegar a ser dañinos. Se pueden convertir en un comportamiento que dificulte la libertad de nuestros hijos a la hora de experimentar, de equivocarse, de aprender, de asumir responsabilidades, de ser autónomos. Estas bien intencionadas acciones pueden, más bien, ser un bálsamo calmante de las inseguridades paternas y acabar generando inseguridades e infelicidad en nuestros hijos al impedirles enfrentarse al mundo por si mismos. Y, es que en la sobreprotección el mensaje subliminar que se transmite es: “tu solo no puedes, necesitas que alguien te ayude”. No dejar que un niño se vista solo es decirle que está incapacitado para hacerlo. No dejar que un adolescente se frustre es decirle que no es capaz de afrontar emociones negativas.

 

La sobreprotección, esas ansias de evitar que nuestros hijos sufran cualquier tipo de daño, tanto físico como emocional, está muy de moda hoy en día. Los cambios en los modelos de familia, el descenso del número de hijos por familia, la paternidad tardía, las exigencias de una sociedad a la que no le gusta el fracaso, etc. podrían explicar este aumento de hijos sobreprotegidos y de padres preocupados en orientar el desarrollo de sus hijos. Es cierto que estamos en un mundo cada vez más incierto y competitivo, pero, precisamente por ello, se necesitan adultos más seguros de sí mismos, más autónomos y capaces de afrontar y experimentar de forma sana lo diverso de la vida.

Niños que no pueden ir de excursión escolar por miedo a que ocurra algo, o que no les dejan correr por si se caen; padres que hacen los deberes a sus hijos, profesores culpables de los fracasos escolares, adolescentes y jóvenes que ni estudian ni trabajan, etc. son muestras de la sobreprotección tan popular actualmente.

Quizá, más que padres preocupados, lo oportuno sería padres ocupados en orientar el desarrollo de sus hijos; en acompañarlos, más que en llevarlos de la mano, en su camino hacia la autonomía y responsabilidad. Pero, ¿por qué el exceso de protección es más dañino que beneficioso?

 

Las preocupaciones transmiten inseguridad, falta de confianza en las capacidades del otro para hacer frente a la adversidad y lo eximen de toda responsabilidad en sus acciones. Experimentar es básico para aprender, conocer y comprender el mundo que nos rodea. A través de la experimentación adquirimos toda una serie de conductas y habilidades y aprendemos a manejar las emociones. Impedirle a un niño que corra por la playa hasta llegar a la orilla puede protegerlo de una caída dolorosa, pero también negarle la experiencia de correr libremente, de sentir los pies volar sobre la arena y divertirse y probar habilidades, así como sus límites. De igual modo, el no dejarle correr, aun si se cae, impedirá que aprenda que correr sobre ciertas superficies puede no ser tan divertido y le enseñe a tener cuidado la próxima vez. Esa emoción negativa que sienta ante la caída es igual de importante que la oportunidad de divertirse y sentirse feliz. Es claro que hay que tener algo de control para proteger la integridad del niño, pero también hay que enseñarle a ser responsable de sus actos.

 

Sobreproteger puede llevar a una baja autoestima, a evitar situaciones amenazantes o mostrarse pasota ante ellas, a mala tolerancia a la frustración, a problemas emocionales. Otros riesgos son la dependencia excesiva ante la falta de confianza en un mismo, el no asumir responsabilidades, la falta de iniciativa, también el egocentrismo, la tiranía, el pesimismo o la depresión ante la baja autoestima y pobre autoconcepto que no alcanzar la autonomía puede proporcionar.

 

Ser padres no es una ciencia exacta, ni hay fórmulas magistrales, pero hay algunos aspectos en relación al desarrollo de nuestros hijos que podrían ayudarlos a emprender su camino hacia las diferentes etapas de la vida:

 

  • Permitirles que se enfrenten a sus dificultades, no en soledad, sino acompañándolos y dejando que ellos solucionen sus problemas. Ayudarlos es una cosa, solucionarles las cosas es otra. Permitir que se equivoquen es una gran herramienta de aprendizaje, no sólo en la búsqueda de soluciones, sino también para que aprendan que son capaces por sí solos.

 

  • Darles responsabilidades en función de sus edades les ayuda a crecer con confianza, con una buena autoestima y, en definitiva, felices.

 

  • Establecer límites y ser exigentes no es ser malos padres. Los niños necesitan normas y límites, necesitan orientación, porque si no se sienten perdidos, sin rumbo.

 

  • Es importante escuchar sus necesidades y dejarles que pidan ayuda, no darle la ayuda antes de que aparezca el problema.

 

Crecer implica también aceptar responsabilidades, asumir las consecuencias de las acciones. Crecer conlleva que los padres dejemos de ver a nuestros hijos como seres pequeños, indefensos, sin conocimientos ni capacidades. Si se abren bien los ojos y se les suelta de la mano sorprenderá enormemente de lo que son capaces! Para ello, hay que dejarlos afrontar emociones positivas y negativas, momentos de alegría y de frustración, porque todos ellos forman parte de la vida.

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