Terapia familiar | Ser un “motivado” no mola
Soy terapeuta colegiada, especializada en Terapia individual, familiar y de pareja. Utilizo técnicas y conocimientos de diversas perspectivas psicológicas.
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Ser un “motivado” no mola

Ser un “motivado” no mola

“…Este…que es un motivado” ….así hablaba mi sobrina adolescente de forma despectiva de su hermano. Yo, con los ojos como platos…Vaya, así que “ser un motivado”…era un insulto!! Como cambian las palabras según el momento histórico.

Ese mismo término y con el mismo sentido lo he oído en niños aun de primaria, que a la pregunta de “¿qué es ser un motivado?” te dicen que es alguien que siempre está como excitado, “ssssuperemocionado” por todo, que se cree el mejor, un “alucinado”, uno que no para de hablar de que hace esto o lo otro, un pesado…

 

Esta nueva connotación de “motivado” me ha hecho darle vueltas a la cabeza: y, ¿si un exceso de motivación no fuese positivo, sino más bien lo contrario?

Se que a muchos no les va a gustar que me meta las actividades de coaching de los padres, pero no quisiera que se me interpretase mal porque motivar de forma positiva a cualquier persona tiene sus claras ventajas y es un trabajo que en el caso de los niños debería fomentarse entre padres, educadores y todos aquellos que formen parte de la vida de esos maravillosos seres en constante crecimiento y aprendizaje.

Pienso ahora en el anuncio de un coche en el que el padre acompaña a su hijo a todas las actividades…natación, carrera de sacos, fútbol…y lo motiva señalándole el camino a seguir. También me hace pensar en la sobreprotección tan de moda en nuestros días, lo que me lleva a cavilar si la hipermotivación (fíjese que digo hiper, que según el diccionario de la RAE significa “superioridad” o “exceso”) no es una forma encubierta de excesiva protección, vamos de hiperprotección.

 

Venga tu puedes, vamos esfuérzate que vas a conseguirlo, vas a llegar, tu eres el mejor, …..son formas de motivar, pero estas frases y actos de motivación lanzados de forma excesiva pueden llegar a ser más bien conductas de presión. No de los padres hacia los hijos, ya que estos lo hacen con su mejor intención, sino en la manera en que pueden interpretarlo…O, ¿por qué no? Hablemos claro, conductas de presión de los padres que proyectan en sus hijos sus frustraciones: Yo no pude, pero tu si lo vas a conseguir, a mi no me motivaron! También pueden ser fuente de creencias sobre uno mismo.

Pero, el mar está lleno de peces y el mundo de personas que no son todas iguales. A algunos va a servirles mucho, pero a otros puede llevar a hacerles creer que la manera de ser aceptado es demostrando constantemente todo lo que pueden conseguir. Ufff…A veces el deseo de ser competente, de ser capaz de conseguir un premio, de ser mejor que los demás, de agradar a padres y profesores, de ser alguien popular entre iguales, etc. puede suponer una alta motivación, que además es alimentada por los mensajes que transmiten los padres. Pero, ¿y si se convierte en una asfixia para el pobre niño? Pongamos un ejemplo. Nuestro hijo tiene un examen y sabemos su nivel y capacidad, lo instamos a esforzarse, a estudiar, le recordamos que confiamos y que estamos seguros que sus resultados serán excelentes. Estamos motivándolo, dándole a entender que confiamos en sus capacidades…pero quizá tenga muchas actividades y esta motivación quiera trasladarla a sus partidos de tenis, a su rol entre iguales, a destacar en la clase, etc. y se sienta bloqueado por no llegar a todo. Puede que por más motivado que esté, no cumpla las expectativas y se sienta culpable, frustrado y deprimido. Quizá necesite vanagloriarse de lo que si consigue y empiece a alardear de ello. ¿Es que nadie le ha enseñado que “quien tiene boca se equivoca” y que eso no es nada malo? Quizá…es que el “error”, incluso la “no consecución” están tan penados en nuestra sociedad!! y, es una pena, porque son una fuente riquísima de aprendizaje.

 

Lo que quiero decir, es que es tan importante motivar a un hijo para que alcance sus sueños (no los tuyos, padre o madre!), pero hay también hay que ser realistas y enseñarles las diversas caras de la vida. Motivar a un hijo no debe ser hacerle creer que es el mejor del mundo, sino animarlo a superarse y esforzarse, pero dentro de la realidad. Miremos, por ejemplo, a aquellos niños que prueban deportes y los abandonan a los dos días porque ya saben que no van a destacar…o sus padres los obligan porque saben que aquí no habrá luz con la que brillar. Claro está que si uno se dedica sólo a lo que le sale bien, puede llegar a ser el mejor. Pero no siempre la vida da oportunidades tales y a veces hay que enfrentarse con lo que no nos gusta y para ello hay que estar preparado. La preparación la da la educación… y la experiencia, por supuesto.

 

Y ahora entiendo porque los adolescentes utilizan el adjetivo motivado como algo negativo…como alguien que está demasiado pendiente por destacar, por superar a los otros más que superarse a sí mismo, alguien alejado de la realidad, que tiene que gritar a voces sus logros porque es así como lo valoran en casa y piensa que el resto del mundo también va a alucinar con lo que hace. A alguien excesivamente dependiente de motivación exterior.

 

Apelo a la sensatez de padres y madres, a los que quieren lo mejor para sus hijos, a los que quieren educarlos para no tener miedo: un camino sin obstáculos no es un camino real, es hiperprotección y ya sabemos el riesgo que se corre y los efectos negativos de tal actividad.

 

Copio la frase de Oscar Wilde que Nardone, Giannotti y Rocchi (2001) mencionan en Los modelos de familia: “con las mejores intenciones se obtienen, la mayoría de las veces, los peores efectos”.

No eduquemos “hipermotivados”. Eduquemos en la motivación y la aceptación de la realidad y de uno mismo, no sin olvidar que aceptar no es conformarse, sino integrar las habilidades y limitaciones que uno tiene para conseguir lo que se propone.

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