Terapia familiar | ¿Y si no me enfado?
Soy terapeuta colegiada, especializada en Terapia individual, familiar y de pareja. Utilizo técnicas y conocimientos de diversas perspectivas psicológicas.
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¿Y si no me enfado?

¿Y si no me enfado?

Ay…el enfado…cuantos dolores de cabeza y momentos desagradables nos ha traído!

Enfado es, según la RAE, la “impresión desagradable y molesta que hacen en el ánimo algunas cosas”.

Enfadarse es un acto común y habitual en las personas. Solemos molestarnos con nuestros hijos, con los amigos, con los compañeros de trabajo, con el jefe o la jefa, con nuestra pareja, con nuestros padres, con nuestros hermanos y hermanas, con los vecinos, hasta con ese conductor que va tan lento …vamos, que el enfado se puede dar en cualquier ámbito de nuestras vidas!! Y, desgraciadamente, a veces nos enfadamos con demasiada frecuencia y…reconozcámoslo, innecesariamente!!

 

Cuando nos enfadamos solemos pensar que tenemos razón, que esa persona o personas han tenido un comportamiento que nos ha afectado negativamente y que, desde nuestro punto de vista (no olvidemos que la realidad está sujeta a la subjetividad de cada uno!), no es justo; por ello, queremos que se sepa y lo expresamos a través del enfado. Sin embargo, quizá convendría pararnos a analizar el origen de esa reacción nuestra a la que creemos tener todo el derecho del mundo. Y no voy a decir que ese derecho no exista, porque cada uno afronta las cosas en la vida de la mejor manera que sabe o como realmente quiere. Pero, como dice esa famosa frase que circula por internet y que aparece en muchos muros de Facebook a modo de decoración, “lo importante no es lo que te ocurre, sino como lo afrontas”.

 

Pues bien, veamos…¿qué esconde un enfado? Tras un enfado hay una no aceptación de lo que ha sucedido. Hay cierto grado de frustración ante algo que ha ocurrido de la forma no esperada o anhelada. Hay una emoción contenida, la rabia, ante el efecto de lo que otros han hecho o dicho. Un enfado es un mecanismo de defensa, una protección contra algo que hemos vivido como un ataque. Supone un cúmulo de expectativas, suposiciones con respecto de los otros, deseos que no se han cumplido. Un enfado bien podría querer decir “me has ignorado”, “no me has valorado”, “eso me ha hecho daño”, “no estás cumpliendo mis deseos”… En definitiva, y aunque nos pese, un enfado es el resultado una visión subjetiva de lo que ha pasado.

 

Pero, seamos claros, hay enfados y enfados, y hay motivos y motivos por los que llegamos a enfadarnos. Y es que no es lo mismo enfadarse con unas amigas cuando tienes 16 años porque no te han avisado que habían quedado, que enfadarse porque un hacker ha accedido a nuestra cuenta bancaria y nos ha desplumado. Tampoco es lo mismo enfadarnos porque nuestro hijo adolescente nos ha mentido con las notas, que con un compañero de trabajo porque se ha acabado el café de la oficina.

Enfadarse proporciona ciertas claves de nuestro grado de tolerancia ante la frustración y la aceptación de los demás y de lo que nos ocurre. Y, considero, que en cierto modo las razones por las que nos enfadamos también muestran nuestro grado de madurez. Si constantemente me enfado porque mi pareja no se comporta según espero, quizá habría que plantearse si no estamos pidiendo peras al olmo. Como ya señalé en el post Cambios en la pareja, exigir demasiado a alguien es no aceptar a la otra persona tal y como es, sino como uno desea que sea; y, para el bienestar de la relación la aceptación es un requisito indispensable. Si mi enfado radica en que creo no recibir la atención que merezco, ¿ese enfado es resultado de una ofensa con fundamento o quizá habría que buscar sus orígenes en la baja tolerancia ante la frustración, en un gran ego o en vivencias del pasado?

Sea como sea, cuando nos enfadamos es porque realmente nos hemos sentido ofendidos y nos ha dolido. Se ha despertado algo interno y no nos gusta lo que sentimos. Pero, algunos enfados podrían evitarse. Así, también se prescindiría del consiguiente desgaste emocional, físico y relacional. Porque, no nos engañemos, cuando nos enfadamos se acelera la respiración, la frecuencia cardíaca aumenta, y si el enfado es descomunal, la ira provoca que nuestro organismo libere cortisol (la llamada “hormona del estrés”), una hormona altamente tóxica.

Quizá convendría pararnos a pensar si ese enfado vale la pena, si no es el resultado de una visión muy sesgada de lo que ha ocurrido, si nuestro momento vital nos está proporcionando una perspectiva negativa, si nuestro ego está interfiriendo de forma excesiva en la interpretación de las cosas, si nuestra baja autoestima utiliza el ataque como la mejor defensa, etc.

Yo recomiendo “cambiar de gafas” para ver si realmente merece la pena enfadarse. Y, si bien la ira reprimida causa daño, podemos canalizarla demostrando nuestro enfado sin necesidad de encolerizarnos, sino planteando a quien nos ha dañado como nos sentimos…quizá una buena charla nos haga descubrir que nuestro motivos eran infundados o que no había ninguna mala intención al respecto. O, quizá podamos reafirmarnos en nuestra actitud, aunque aquí valdría más la pena alejarse de aquello o aquellos que nos hacen sentir tan mal.

Como todas las monedas tienen dos caras, el enfado también tiene una no tan negativa. Nos puede ayudar a reflexionar sobre nuestro grado de responsabilidad en las cosas y si tenemos o no tendencia dejarlo todo en manos de los otros; a evaluar nuestra tolerancia a la frustración; a descubrir nuestros puntos flacos, a saber que es lo que se escapa de nuestro control o lo que tememos, etc.

Pero, si podemos evitar enfados resultados de malos entendidos, di dimes y diretes, de lecturas de mentes, de falsas suposiciones… hagámoslo. Para ello, y se que soy muy insistente, la comunicación es básica!! Si algo nos ha molestado, hablemos y evitemos así enfados innecesarios cuyos efectos contra nuestro estado de ánimo, nuestro organismo y nuestras relaciones son fatales.

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